En primer lugar, es una vida de dependencia absoluta. El pámpano no tiene nada; simplemente depende de la vid para todo. La consideración de esta dependencia absoluta es una de las más solemnes y preciosas. Un gran teólogo alemán escribió hace algunos años dos gruesos volúmenes para probar que toda la teología de Calvino se resume en el solo principio de la dependencia absoluta de Dios; y tiene razón. Otro gran autor ha dicho que la dependencia absoluta e inalterable de Dios sólo es la esencia de la religión de los ángeles, y debería ser también la de los hombres. Dios lo es todo para los ángeles, y quiere serlo para el cristiano. Si puedo aprender a depender de Dios en todo momento, todo saldrá bien. Alcanzará la vida más alta si depende absolutamente de Dios.
Esta es la dependencia que encontramos en el caso de la vid y los pámpanos. Que cada vid que ve y cada racimo de uvas que llegue a su mesa le recuerde que el pámpano depende absolutamente de la vid. Es la vid la que tiene que hacer el trabajo, y el pámpano se goza en su fruto.
¿Qué tiene que hacer la vid? Tiene que trabajar mucho. Tiene que hacer penetrar sus raíces en la tierra y buscar en el subsuelo –a menudo a larga distancia-el alimento, y absorber la humedad. Ponga algún abono en determinada dirección y la vid enviará allí sus raíces. Y después, en sus raíces o troncos, transforma la humedad y el abono en esa savia especial que formará el fruto. La vid hace el trabajo y el pámpano se limita a recibir de la vid la savia, que se transforma en uvas. Me han dicho que en Hampton Court, en Londres, hay una vid que ha producido algunas veces un par de miles de racimos de uvas, causando asombro entre la gente por su gran desarrollo y fructificación. Después se descubrió la causa. No lejos de allí corre el río Támesis, y la vid había extendido sus raíces centenares de metros bajo tierra hasta llegar a la ribera donde, en el rico légamo del cauce del río, había encontrado rico alimento y humedad, y las raíces habían extraído la savia llevándola a través de toda aquella distancia hasta la vid, que en consecuencia produjo abundante y rica cosecha. La vid tuvo que hacer el trabajo, y sus ramas no tuvieron más que depender de la vid y recibir lo que ella les daba.
¿Es esto literalmente verdad del Señor Jesús? ¿Debo entender que cuando yo tengo que trabajar, cuando tengo que predicar un sermón o dar una clase bíblica o ir a visitar a los pobres y desamparados, toda la responsabilidad del trabajo es de Cristo?
Esto es exactamente lo que Cristo quiere que entienda. Cristo quiere que el fundamento mismo de todo su trabajo sea la simple y bendita conciencia de que el El tiene que cuidarse de todo.
¿Y cómo satisface Cristo la confianza implícita en esa dependencia? Enviando al Espíritu Santo-no de vez en cuando como un don especial-, porque recuerde que la relación entre la vid y los pámpanos es tal que esa conexión vital se mantiene en ellos hora tras hora y día tras día sin cesar. La savia no corre cierto tiempo y luego se detiene y luego vuelve a correr, sino que corre ininterrumpidamente de la vid a sus ramas. Y de la misma manera el Señor Jesús quiere que yo tome esa bendita posición en mi trabajo, y que mañana tras mañana, día tras día, hora tras hora y paso por paso, en todo lo que tengo que hacer, me mantenga ante El en la simple impotencia de quien no sabe nada, no es nada, y no puede nada. Amados obreros, estudien esa palabra: nada. Algunas veces cantan: “¡Ah no ser nada, no ser nada!” Pero ¿han estudiado realmente es palabra y orado cada día y adorado a Dios a su luz? ¿Saben la bienaventuranza que encierra esa palabra nada?
Si yo soy algo, Dios no lo es todo; pero cuando yo me convierto en nada, Dios puede ser todo, y el Dios eterno en Cristo puede revelarse plenamente. Esa es la vida más alta. Tenemos que convertirnos en nada. Alguien ha dicho bien que los serafines y querubines son llamas de fuego porque saben que no son nada, y dejan que Dios ponga en ellos su plenitud y su gloria y su esplendor. ¡Ah! Procure convertirse en nada en profunda realidad, y en su trabajo procure sólo una cosa: hacerse cada vez más pobre, más bajo, y más desvalido, para que Cristo pueda hacerlo todo en usted.
Obreros, ésta es su primera lección: aprendan a no ser nada, aprendan a ser desvalidos. El hombre que tiene algo no es absolutamente dependiente, pero el hombre que no tiene nada es absolutamente dependiente. La dependencia absoluta de Dios es el secreto de todo poder en la obra. El pámpano no tiene nada sino lo que recibe de la vid, y ustedes y yo no podemos tener nada sino lo que recibimos de Jesús. |